Friday, October 2, 2015

Matanzas en los EE.UU.

¡Y una matanza más! … y de nuevo las mismas discusiones públicas de siempre: ¿es producto de las leyes que favorecen las portación de armas, o es culpa de las personas que hacen uso de éstas? ¿Quién es al fin y al cabo el que mata, el arma o el individuo que la porta?
En un mundo donde las personas pudieran pensar libremente, sin ser sometidas a las fuertes influencias de los «creadores de opinión», las respuestas parecerían ser obvias: el arma, como instrumento PASIVO (es decir, como utensilio que recibe la acción de otro sin actuar autónomamente) carece del necesario componente volitivo que la haga operar por sí misma. El responsable sería entonces el desquiciado mental quien, fungiendo como elemento ACTIVO (es decir, como aquel que por definición es «actor de sus actos»), hace uso ella para tirotear a tantos inocentes como le resulte posible.
El argumento anterior (o algo similar, porque ese fue de mi manufactura) es utilizado a ultranza por la muy poderosa «Asociación Nacional del Rifle de los EE.UU.» para evitar cualquier forma de regulación a la portación de armas, y para promover la venta libre de (casi) cualquier tipo de éstas (incluyendo los famosos rifles de asalto). Según la retórica de esta organización, lo que en realidad es necesario controlar es a los enfermos mentales, quienes, al fin y al cabo, también pueden hacer uso de cualquier otro objeto (un cuchillo, un bate, un martillo, etc.) como instrumento de muerte.
Hasta aquí la argumentación parece razonable e inobjetable, no obstante, contiene varias falacias:
1) No se trata de asesinatos sino de matanzas (la distinción es importantísima). Un desquiciado que (como ejemplo) porte un cuchillo en un lugar público, puede herir o matar a una o (a lo sumo) a unas pocas personas, su poder letal es potencialmente limitado en virtud del instrumento del que hace uso. De igual forma, el poder de defensa de la víctima es potencialmente superior, cuenta con mayor posibilidad de sobrevivir: puede hacer uso de técnicas de defensa personal, puede correr sin temor a ser alcanzado por las balas, puede ser auxiliado por individuos que intervengan en el ataque, etc. (Me parece evidente que no es necesario extenderse mucho en la explicación en torno al porqué es más probable sobrevivir al ataque con cualquier utensilio convencional que al de un arma de fuego —sea que se trate de una pistola o un rifle de asalto—, y tampoco al porqué la cantidad de víctimas entre un caso y otro es muy distinto).
2) Siguiendo la lógica de la asociación (es decir, haciendo aplicación puntual del razonamiento), las armas de extinción masiva (sea que se trate de las nucleares, las químicas o las biológicas), tampoco constituirían un problema en sí, sino que serían los individuos que hacen uso de éstas los únicos responsables por las muertes que se deriven de su uso. Como prueba de su razonamiento podrían (eventualmente, porque nunca lo he visto) mencionar los aviones utilizados en los atentando del 11 de setiembre del 2001 como ejemplo de que muchas cosas pueden igualmente ser usadas como «arma de destrucción masiva»: un autobús, un tren, un barco, etc., y que esto demostraría una vez más que el problema yace en los sujetos, no en los objetos. Este argumento obvia el «principio de función» de las cosas. Me explico: el «principio de función» de una botella (por ejemplo) es contener líquido, no acabar con la vida de nadie. No existe responsabilidad implícita en la construcción de la botella por su potencial uso como arma. Aunque una botella pueda ser usada para rompérsela en la cabeza a un prójimo (tipo «Viejo Oeste») o para (luego de quebrarla) proceder a zampársela en la barriga a otro fulano (tipo pandillero), eso no implica que su propósito original fuera el de herir o el de acabar con la vida de nadie. Si ese razonamiento fuera correcto entonces tendríamos que concluir por igual que Dios mismo sería el responsable por la muerte del diácono Esteban (tal y como aparece narrada en el libro de los Hechos de los apóstoles), por haber creado las piedras con las cuales lo lapidaron (una irreverencia y un absurdo a todas luces pues, esencialmente hablando, las piedras no son armas). Por definición un arma es «un instrumento, un medio o una máquina destinados a atacar o a defenderse». Las armas (todo tipo de armas) son construidas con el propósito ex profeso de herir o liquidar a un tercero. Ahí es donde radica el meollo de lo engañoso en el argumento de la asociación, pues, no sólo obvia el principio (de función de las cosas), sino la corresponsabilidad que tienen fabricantes y distribuidores en la muerte de inocentes.
3) Pedir que se controle a los individuos que padecen trastorno mental es tan disparatado como pedir que se controle a los prójimos que sufren de presión arterial: simplemente surgen de la noche a la mañana. Si bien es cierto muchas de las personas que han protagonizado las matanzas mostraban desde antes alarmantes señales de conducta, también es cierto que ha sido la misma asociación la que más inflexiblemente se ha opuesto al control en la venta de armas y a la revisión de los registros de los potenciales compradores. Por otra parte, el ser humano es impredecible, no resulta tan extraño el hecho de que un individuo conocido por una notoria ecuanimidad y estabilidad, de la noche a la mañana se convierta en un asesino o en un francotirador motivado por (según él) deseos irrefrenables de venganza y justicia.
4) Un individuo mentalmente perturbado en posesión de un instrumento no letal, no es capaz de realizar el mismo nivel de daño que el que puede hacer uno que sí cuenta con un arma de fuego (una verdad de Perogrullo, pero hay que mencionarla). Como no es posible determinar a ciencia cierta y con absoluta seguridad quien puede (de la noche a la mañana) trastornarse y quien no, los objetos letales diseñados con el propósito ex profeso de quitar la vida o causar daño deberían estar únicamente en manos de las autoridades competentes, no en las del público (y menos aún ser vendidas como si se tratara de juguetes).
En este país resulta más difícil comprar un medicamento (debido a la gran cantidad de calculados controles) que comprar un arma de asalto AK-47. Los fabricantes y distribuidores de armas deberían ser considerados corresponsables por las muertes y (al menos) resarcir económicamente a los deudos.
Quedaría mucho por decir pero queda poco tiempo y espacio para hacerlo.
¡El dios Mammón sigue rigiendo los destinos de este mundo material!
Esta es mi opinión en torno a este asunto.
Paz ☮  (y mis respetos para todos aquellos que puedan diferir de estos puntos de vista).

Thursday, October 1, 2015

ACTIVISMO, ADOCTRINAMIENTO, Y PROSELITISMO DESHONESTOS


Cuando era niño y alguien quería poner en duda la validez o la autenticidad de algún escrito solía recurrir a la expresión «el papel aguanta lo que le pongan». Hoy en día lo apropiado sería decir «Internet aguanta lo que le pongan».

Desde ya hace algún tiempo se ha venido incrementando en las redes sociales el uso de fotografías e ilustraciones que contienen frases atribuidas a tal o cual personaje famoso con la finalidad de llevar agua a los molinos de distintas causas. Dado que la mayor parte de estas citas son espurias, podemos afirmar que nos enfrentamos a una tendencia no sólo deshonesta (al menos intelectualmente deshonesta), sino también manipuladora y engañosa.

Los temas favoritos con los que se suele hacer más uso de esta reprochable práctica son: la religión, las causas políticas, los temas de motivación personal, los derechos humanos (y animales), la temática medioambiental, los asuntos de geopolítica y los postulados de la Nueva Era (entre otros tantos). En cuanto a los personajes más usados (y abusados) se pueden mencionar al Buda, Albert Einstein, Gandhi, John Lennon, la Madre Teresa, el Dalai Lama, el Papa Francisco y a varios otros más.

Para aquellos a quienes pudiera no resultarles claro en dónde radica el problema con esta tendencia, me gustaría hacer algunos comentarios:

  1. Cuando se hace uso del nombre de un personaje reconocido para atribuirle un pensamiento que no le pertenece (o que es una distorsión de sus ideas), no sólo se está irrespetando al individuo, se está buscando confundir y generar argumentos de autoridad. El propósito detrás de esta práctica es que quien reciba la publicación se vea obligado a sentir todo el peso del personaje citado como prueba de la validez absoluta del mensaje que se busca promover.
  2.  Los creadores de estos materiales, o bien son ignorantes, o mal intencionados. Lo primero, si bien perdonable, es injustificable: no hay razón para no investigar sobre la autenticidad de una cita antes de hacer uso de ella. Lo segundo es mucho más serio: intervienen elementos de premeditación calculada, y de maquiavélica alevosía, tendientes a confundir al lector y a favorecer a ultranza una causa (con frecuencia dogmática).
  3.  La divulgación masiva de este tipo de material contribuya a la creación de una pseudo-cultura de la información: los consumidores no críticos distribuyen y redistribuyen masivamente estas publicaciones entre las redes sociales contribuyendo con ello a formalizar y a «institucionalizar» el engaño, y a perpetuar conceptos y nociones erradas sobre los (supuestos) autores de estos contenidos.
  4.  Se desfigura a tal extremo el pensamiento de los personajes citados que finalmente sus ideas se tornan irreconocibles. Se pone a ateos a predicar sobre Dios, y a religiosos a presentarse como humanistas. Los artistas se convierten en políticos consumados y estos últimos en verdaderos iluminados. Una deformación abusiva y dañina en contra de la cultura general, el pensamiento riguroso, y las manifestaciones artísticas (y místicas) que elevaron a estas personas a los más altos niveles del reconocimiento público.
  5.  En ocasiones los disparates llegan hasta el extremo de inventar historias que nunca ocurrieron, no voy a dar ejemplos para evitar herir susceptibilidades,* lo cierto del caso es que en cierta ocasión leí cómo se le atribuía a un personaje notabilísimo, un episodio durante su niñez que simplemente jamás ocurrió (esto lo habría sabido cualquiera que hubiese leído su biografía o conocido sus líneas más básicas de pensamiento). Los autores de estos engendros no solo no respetan las ideas ajenas, sino que insultan la vida de aquellos que usan en sus publicaciones.
  6.  Las suplantaciones siempre se hacen con individuos de los que resulta difícil conocer a fondo toda la documentación que existe en torno a sus planteamientos. Nunca se hacen citas apócrifas de personajes que pueden ser fácilmente cotejados y constatados. ¿Ha visto acaso alguien una publicación en la que se pone en la boca un personaje bíblico (digamos Jesús) una apología en contra del maltrato animal o de la contaminación ambiental? (es sólo un ejemplo). No se hace porque la mayoría de las personas tienen al menos una Biblia en su casa y tienen bastante claro qué cosas dijo Jesucristo y qué no. De esto se desprende que hay intencionalidad detrás de la autoría de estos materiales.
  7.  En los círculos homiléticos (es decir, aquellos en que la retórica se aplica a la predicación) se afirma que «un texto fuera de contexto se convierte en un pretexto». Nada más preciso para describir otro de los problemas que este tipo de pensamiento sucinto conlleva. No se trata solamente de que se le adjudiquen ideas a quien no le pertenecen o no se adscribe a ellas, sino que (para colmo de males), con un simple extracto (sea este espurio o no) se justifica cualquier tipo de extremismo o barrabasada. No basta con leer una idea «telegráfica» del pensamiento de un individuo notable para comprender cabalmente el significado de aquel compendio de sus palabras, para ello es necesario conocer una buena parte de su filosofía global.
Es claro que todos tenemos causas que favorecemos, yo también tengo las mías (algunas de ellas muy arraigadas): la protección al medio ambiente, la lucha en contra del abuso y el maltrato animal, el vegetarianismo (en virtud de lo anterior), la espiritualidad no religiosa, la justicia social, etc. etc. etc. Pero flaco favor le haría a mis causas creando presentaciones apócrifas destinadas a sustentar mis posturas. Las ideas se defienden por sí solas, dependen de su contenido, NO de quien las exprese. Lo opuesto es acudir a engañosos argumentos de autoridad.

En la época antigua, y hasta la Edad Media, se hizo uso extremo de este tipo de argumentación sofista (y perdonen que me ponga medio académico):* bastaba con que algún prójimo pusiera en duda una tesis de Aristóteles (aunque contara con el respaldo de una prueba científica contundente) para que el resto de la comunidad escolar le cayera encima y lo fulminara con un «magister dixit» («el maestro lo dijo»), es decir, los razonamientos eran autorreferenciales y se sustentaban en axiomas cuyo fundamento eran ellos mismos y la retórica infundada; con ello se negó por siglos cualquier posibilidad de avance y progreso científico.

Les juro (es sólo una expresión), que es mi criterio que estamos retrocediendo en términos culturales a una especie de «Edad Media Tecnológica» donde la gente sabe hacer uso operativo de los recursos computacionales disponibles pero carece de la capacidad de filtrar los resultados de la copiosa información que recibe y, ante todo, de someterla a los escrutinios del juicio crítico.

Si uno no está seguro sobre la autoría de una cita y quiere publicar un pensamiento atribuido a un personaje famoso y reconocido, lo menos que debería hacer es comentar el asunto en su publicación. Digo yo, esto es sólo mi opinión.

Paz

*Artículo originalmente publicado para un grupo de amigos en Facebook.